La Oración Teresiana


Dios es comunicación, gracia, palabra
Dios es comunicación, gracia, palabra
Dios es comunicación, gracia, palabra

Sentimos a Dios deseoso de comunicarse con nosotros. Sólo el saber el deseo que Dios tiene de comunicarse debe servirnos para despertarnos a más amar. «Despertarán a más amar a quien hace tantas misericordias” (1Moradas 1,4). Podemos tratar con Él como con un amigo. «Puedo tratar como con amigo, aunque es Señor» (Vida 37,5).

La oración es un encuentro personal entre Dios y el ser humano. La oración es la posibilidad de que se dé este encuentro. «Para este fin de amor fuimos criados» (Cántico 29,3). «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Apocalipsis 3,2).

Oramos desde, cómo y para lo que Jesús oró
Oramos desde, cómo y para lo que Jesús oró
Oramos desde, cómo y para lo que Jesús oró

La oración nos lleva a enamorarnos de Jesús, enamorarnos de la humanidad. «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10,10). «Si alguno quiere seguirme...» (Marcos 8,34ss), «que os améis unos a otros como yo os he amado» (Juan 13,34).

La humanidad de Jesús
La humanidad de Jesús
La humanidad de Jesús

Es el centro de toda vida cristiana, es fuente
imprescindible de gracia. Con santa Teresa decimos no a una oración que prescinde de la humanidad de Cristo. No tiene sentido la vida de oración, en cualquiera de sus etapas, sin la vinculación a la vida, muerte y resurrección de Jesús. Su estilo de vida en libertad, su pasión por el reino, su acercamiento a todos los orillados, su intimidad con el Padre, su entrega crucificada por amor, su presencia resucitada de paz y perdón entre los suyos... todo es necesario para la vida de oración. «Si pierden la guía, que es el buen Jesús, no acertarán el camino» (6Moradas 7,6).

La experiencia de Cristo, de su trato con Él, es el modo más eficaz para la oración. El trato de amistad se transforma en conversación interior con el Cristo del evangelio. «Tenía este modo de oración: que, como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí» (Vida 9,4). «Es muy buen amigo Cristo, porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos y es compañía» (Vida 22,10). «Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero» (Vida 22,6).

La oración brota de la vida y conduce a la vida
La oración brota de la vida y conduce a la vida
La oración brota de la vida y conduce a la vida

Somos testigos de un Dios
encarnado, por tanto nuestra oración no puede ser sino una oración encarnada, es decir, una oración que arranque de la vida y que nos devuelva a la vida. La vida de oración se expresa en un estilo de vida en el que se fomentan los valores humanos, se cultiva la alegría y las relaciones fraternas, se trabaja por la dignidad de la persona. «Para esto es la oración, de esto sirve el matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras» (7Moradas 4,6).

La oración es apostólica y eclesial; es misionera y lleva al compromiso
La oración es apostólica y eclesial; es misionera y lleva al compromiso
La oración es apostólica y eclesial; es misionera y lleva al compromiso

Los que formamos parte de los GOT tenemos un hondo sentido eclesial. Nuestra oración se sitúa
dentro de la Iglesia, al servicio de la Iglesia y es ayudada por la Iglesia para caminar en la verdad. La conciencia de pertenencia a la Iglesia es fundamental para saber que, desde la oración, cooperamos junto a todos los hombres, nuestros hermanos, en la transformación del mundo mediante nuestra propia transformación interior.

«Es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas» (Cántico
29,2).

El recogimiento
El recogimiento
El recogimiento

El recogimiento entendido no tanto como actitud psicológica sino como actitud teologal, es atención a lo interior, atención a la Presencia de dentro. Para dejarse recoger se precisa de la soledad. «Ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped» (Camino de Perfección 28,2).

En esta oración interior prima más «lo afectivo» que «lo intelectual» o discursivo. «Para aprovechar mucho en este camino... no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar eso haced» (4Moradas 1,7).

«Entrar», «estar», «mirar», «dejarse mirar», son verbos que cobran un especial
significado. «No os pido más que le miréis... pues nunca quita vuestro Esposo los ojos de vosotras... Mirad que no está aguardando otra cosa sino que le miremos» (Camino de Perfección 26,3).

Se trata de caer en la cuenta de una mirada que unifica a la persona y transforma a su vez nuestra mirada para ver a las personas, al mundo y los acontecimientos desde los ojos de Dios. Es una llamada a la contemplación. La oración nos conduce a «amar a Jesús y hacerle amar» (Santa Teresita, Carta 220; cf. Cartas 96, 114, 218, 225).

La atención amorosa
La atención amorosa
La atención amorosa

Hablar de contemplación nos remite también junto con santa Teresa, a la experiencia y enseñanza de san Juan de la Cruz. Para nuestro místico la oración contemplativa es algo así como: «estarse a solas con atención amorosa a Dios, en paz interior y quietud y descanso» (2Subida 1,4); «reposar el alma y dejarla estar en su quietud y reposo» (2Subida 12,6); «contentándose sólo en una advertencia amorosa y sosegada en Dios» (1Noche 9,6.8; 10,5).

La atención amorosa es el camino para centrar la propia vida y, a la vez, es fin
en sí misma ya que nos permite caer en la cuenta de que continuamente vivimos habitados por una presencia que nos sobrepasa y envueltos por un amor que nos sobrecoge.

El silencio
El silencio
El silencio

Todo lo que anteriormente hemos señalado sólo puede darse desde el silencio. Por ello éste es de capital importancia en nuestro estilo de oración. «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma» (Puntos de amor, n. 21).

En los GOT tratamos de vivir el silencio como un verdadero lugar teologal. El silencio es la verdad que vive dentro de nosotros. Por ello, al verdadero silencio no se llega a través de técnicas. Ir al silencio es lanzarse a la aventura; es regresar a «nuestra casa» allí donde Dios está esperándonos. Y si el silencio es la presencia de Dios, entendemos que los otros, todos los hombres y mujeres, están también allí porque el silencio es el lugar del amor. «Por lo cual, mejor es aprender a ponerse en silencio y callando para que hable Dios (...) haciendo a la memoria que quede callada y muda, y sólo el oído del espíritu en silencio a Dios diciendo con el profeta: habla Señor, que tu siervo oye (...) No pierda [el] cuidado de orar y espere en desnudez y vacío, que no se tardará su bien» (3Subida 3,5).

La presencia de María
La presencia de María
La presencia de María

María es la mujer contemplativa, la mujer construida sobre la gracia, la mujer que ama a Jesús y, en él, a toda la humanidad de la que es madre.

María es figura clave en la experiencia espiritual del Carmelo y, por tanto, también en los GOT. Junto a ella aprendemos a ser silencio para la Palabra (Lucas 1,38), interioridad habitada donde se guardan las cosas del Amigo (Lucas 2,19), acogida del Dios que hace maravillas en nuestra pequeñez (Lucas 1,49). María orienta nuestros ojos hacia Jesús (Juan 2,5), nos invita a recorrer junto a Jesús el misterio de su muerte y resurrección (Juan 19,25-27) y a hacernos siervos del Amor, nos acompaña en la apertura constante
al Espíritu (Hechos 1,14). «Parezcámonos en algo a la gran humildad de la Virgen» (Camino 13,3).

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