FELICIDADES TERESA

Hoy quiero decirte Teresa:

 ¡¡FELICIDADES!!

Solo pensarlo, ya hace que mi imaginación vuele y te vea con tus hermanas, en el pequeño rato de recreación, celebrando, en la sencillez del convento de San José, el aniversario de tu nacimiento.

 Tal vez os reías mientras les comentabas tus grandes peripecias de andariega. Quizás compartías algo de comer, o tal vez, mejor aún, tal vez simplemente compartías con ellas el amor loco que invadía tu corazón.

 ¡Qué suerte tuvieron aquellas que te escucharon! Y que suerte tenemos los que hoy podemos acercarnos a ti y sentir tus palabras llenas de pasión a través de tus escritos.

 En medio de la Cuaresma, celebramos este año tu cumpleaños. ¿Qué nos dices Teresa? ¿Cómo quieres que vivamos este tiempo?

 ¡Cómo me gustaría saber que les estarías diciendo ahora a tus hermanas!! ¡Es un tiempo tan difícil!. Un tiempo de lucha constante contra nuestros propios egoísmos, nuestro siempre presente YO y para nada  EL.  Sin embargo aún sin saber por qué te imagino diciendo:

 Nada te turbe,
nada te espante;
todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Sólo Dios basta.

 Sí, a pesar de todo, nos invitas a la Paz. La paz del que se sabe amado por Dios. Eso es. Nos invitas al abandono al Padre. Que nos dejemos caer en los brazos del omnipresente Padre, que nos espera para acogernos. Ya tiene preparado el regazo para que apoyemos nuestra cabeza. Ahí es donde podemos llorar nuestros egoísmos, llenándonos de la fuerza de su Espíritu para salir con un corazón renovado.

 Nos invitas a la paciencia ante la adversidad. Una paciencia que solo se consigue con la absoluta confianza en Él.  (Esto, creo que hasta a ti te debió de parecer difícil)

 Confianza y fe viva

mantenga el alma,

que quien cree y espera

todo lo alcanza.

 Quien cree y espera…. Todo llega de Él ¿verdad Teresa? Nada esta en nuestras manos, sino es tan solo, disponer nuestro corazón para acogerlo, y fortalecer nuestro espíritu para soportar el peso de la Cruz. 

 Gracias Teresa por tus palabras en el día de tu cumpleaños. Que ellas nos ayuden a caminar para llegar a disfrutar en plenitud de la Nueva Vida que nos regala Cristo.

Eduardo Gonzalez

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La Encarnación del Señor

En esta fiesta de la Encarnación del Señor, vienen a recuerdo los versos del hermoso romance de San Juan de la Cruz, donde la narra como una historia de amor: Dios se hace a igual a nosotros por puro amor a la humanidad, esa esposa que viene a rescatar, asumiendo sus sufrimientos hasta dar la vida por ella,  para llevarla a la casa del Padre, a conocer su bondad.

Ya que el tiempo era llegado

en que hacerse convenía

el rescate de la esposa,

que en duro yugo servía

debajo de aquella ley

que Moisés dado le había,

el Padre con amor tierno

de esta manera decía:

 

[PADRE]

Ya ves, Hijo, que a tu esposa

a tu imagen hecho había,

y en lo que a ti se parece

contigo bien convenía;

pero difiere en la carne

que en tu simple ser no había

En los amores perfectos

esta ley se requería:

que se haga semejante

el amante a quien quería;

que la mayor semejanza

más deleite contenía;

el cual, sin duda, en tu esposa

grandemente crecería

si te viere semejante

en la carne que tenía.

 

[HIJO]

Mi voluntad es la tuya

_el Hijo le respondía_,

y la gloria que yo tengo

es tu voluntad ser mía,

y a mí me conviene, Padre,

lo que tu Alteza decía,

porque por esta manera

tu bondad más se vería;

veráse tu gran potencia,

justicia y sabiduría;

irélo a decir al mundo

y noticia le daría

de tu belleza v dulzura

y de tu soberanía.

Iré a buscar a mi esposa,

y sobre mí tomaría

sus fatigas y trabajos,

en que tanto padecía;

y porque ella vida tenga,

yo por ella moriría,

y sacándola del lago

a ti te la volvería.

 

PROSIGUE

Entonces llamó a un arcángel

que san Gabriel se decía,

y lo envió a una doncella

que se llamaba María,

de cuyo consentimiento

el misterio se hacía;

en la cual la Trinidad

de carne al Verbo vestía;

y aunque tres hacen la obra,

en el uno se hacía;

y quedó el Verbo encarnado

en el vientre de María.

Y el que tenia sólo Padre,

ya también Madre tenía,

aunque no como cualquiera

que de varón concebía,

que de las entrañas de ella

él su carne recibía;

por lo cual Hijo de Dios

y del hombre se decía.

San José

En medio de la Cuaresma la fiesta de S. José es como encontrarnos con un amigo en el camino. Un amigo que lo conoce bien. Porque el Camino es aquel Jesús cuyos primeros pasitos, de niño, José acompañó. Y aquél que es la Sabiduría aprendió a hablar con José y María. ¿Cuántas parábolas germinarían en la vida cotidiana a la que se asomaba un niño de Nazaret desde el taller de un carpintero?

A José, hombre de pocas palabras y de mucha escucha, capaz de discernir la voz de Dios entre sus sueños y de seguirla entre dificultades, nos lo propone Teresa de Jesús como maestro de oración. Y de vida.

Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más adelantada en la virtud; porque ayuda en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme hace algunos años que cada año en su día le pido una cosa y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío.

Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere; y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso patriarca y tenerle devoción.

En especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no le den gracias a san José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro y no errará en el camino. (Teresa de Jesús, Vida, 6)

 

Cuaresma 2011

Caen las máscaras del carnaval y la ciudad vuelve a su rutina, cuando un signo se traza en nuestras cabezas. El viejo rito de la ceniza nos recuerda esa otra cara de nuestra realidad, precaria y fugaz. Nos invita a no enmascararla. ¿Podemos asumir, podemos mirar de frente lo que en nuestras vidas se quema y lo que el tiempo y la lucha diaria reducen a polvo?

La antigüedad esbozó en el mito del fénix un anhelo humano: renacer de las cenizas. Y a la luz de la Pascua hemos encontrado respuesta a esa intuición: el Espíritu de Dios es fuerza renovadora. La palabra y la vida de Jesús es fuego que nos hace luz del mundo e invita a entregar la vida para encontrarla.

La ceniza de hoy es signo de un fuego. Quemamos el hombre viejo para ir descubriendo la vida nueva de Jesús. Asumimos con osada sencillez nuestra pobreza, y hasta aquello que se nos ha vuelto gris y acabado, y lo abrimos a Dios, porque Él sabrá hacer de ello suelo fértil donde crece semilla nueva.

La ceniza de hoy sabe a fuerzas y tiempos compartidos, gastados en amor. Su huella en nuestras cabezas nos anima a “quemar las naves” siguiendo al Maestro, a no dejar que nuestra madera de seguidores se apolille o pudra. Vale la pena gastarla en dar luz y calor. Donde hoy se esparce humildemente esta ceniza un día estará el nombre nuevo que Dios pronuncie sobre cada hombre y mujer, la clave de una vida tocada por su amor. La ceniza de hoy confiesa la fe en el Evangelio que anuncia la escondida grandeza de los pobres y misericordiosos, los constructores de justicia y de paz. Nos invita a renacer desde dentro.